La llamada entra a la una de la mañana. Del otro lado de la línea, reportan un animal en condición de calle atropellado sobre la carretera Tampico-Mante. No hay ambulancia veterinaria, ni refugio disponible y, mucho menos, recursos para trasladarlo a un hospital especializado.
La alarma se enciende entre los rescatistas, que buscan la forma de auxiliarlo, aunque todo juega en contra. En el sur de Tamaulipas, los protectores de animales —en su mayoría mujeres— sostienen su lucha desde el voluntariado, mientras las necesidades se multiplican frente a donaciones inestables, contaron a MILENIO.
El costo no es solo económico, sino también emocional y crónico: un desgaste invisible derivado de la exposición constante al dolor. Animales con discapacidades permanentes, lesiones irreversibles, enfermedades terminales, infecciones avanzadas, abandono extremo y violencia deliberada; casos que, en ocasiones, obligan a tomar la decisión más dura: la eutanasia.
Rescatar sin apoyo ni contención
Carmen Zavala es la creadora de Amor Gatuno, organización integrada por cinco jóvenes mujeres que, desde hace casi ocho años, se dedican al rescate de felinos en condiciones de alta vulnerabilidad y a realizar campañas de esterilización.
Ellas viven en carne propia lo que implica salvar a seres sintientes que fueron maltratados, abandonados o encontrados agonizantes. Es una labor que realizan sin protocolos de contención emocional, sin pausas obligatorias y sin respaldo institucional.
Saben lo que significa no rescatar a tiempo o no contar con recursos para una cirugía o un estudio médico urgente. Esa impotencia les provoca ansiedad, depresión y, en casos graves, colapso emocional, resultado de la sobreexposición constante al sufrimiento sin redes de apoyo.
Sin embargo, eligen cuidar cuando otros se alejan, cobijando a mininos con discapacidad que enfrentaron diagnósticos difíciles. Animales que llegaron con dolor, miedo y abandono, pero también con una fuerza inmensa por seguir adelante.
Son activistas que salvan, acompañan, insisten y no sueltan, porque ser protector animal no es solo rescatar: es quedarse y acompañar procesos largos, buscar atención médica, rehabilitaciones y fisioterapia, y adaptarse a sus necesidades físicas y emocionales día tras día.
Amor Gatuno nace desde ahí, desde el compromiso real, desde el amor que no abandona. Por ellos, por quienes llegaron distintos y que muchos no supieron ver, pero que, aun así, nunca dejaron de luchar. Ser protector animal es un acto profundamente heroico, aunque muchas veces se viva en silencio, lejos de las cámaras y del reconocimiento.
“Entendimos que proteger también es respetar, valorar y dignificar. Que la discapacidad no es límite, sino una forma distinta de habitar el mundo. Cada uno tiene su propio ritmo y su manera única de moverse, de confiar y de amar”. El grupo no busca lástima, sino empatía; no los considera casos perdidos ni una carga, sino seres sintientes y valiosos que merecen una vida digna y llena de amor.
Las activistas caminan a su lado y luchan todos los días. Cada pequeño avance, cada mirada que vuelve a confiar, cada cuerpo que sana o aprende a adaptarse, es para ellas una victoria.
Lucha constante y desgaste emocional
Este año, el colectivo busca sumar más apoyo y contar con un mayor espacio para los animales bajo su resguardo: concientizar y mover voluntades, alzando la voz por quienes no pueden hacerlo.
Daniela Yépez, colaboradora de Amor Gatuno, habla de las complejidades de realizar su labor sin apoyo gubernamental y en un contexto donde las políticas públicas existen, pero no se cumplen.
“Como rescatistas tenemos que administrar nuestro tiempo y nuestros recursos. Muchas veces estamos endeudadas para ayudar, pero lo hacemos con mucho cariño; es una labor difícil, aunque afortunadamente contamos con jefes empáticos que nos brindan facilidades de tiempo en nuestro empleo”.
Reciben llamadas y mensajes a todas horas, aunque no siempre pueden atender los casos. Esa tensión constante afecta su salud mental, sin que ello las haga desistir. “Vivimos con estrés, ansiedad y depresión. Seguimos en esta lucha pese a la falta de recursos y a estar en números rojos, porque nadie más se hace responsable”.
El impacto ha sido tal que la fundadora del grupo, Carmen Zavala, fue diagnosticada con herpes en la piel asociado al estrés. “Pensamos que se había quemado, pero no. Las manos con las que trabaja, con las que atiende a los gatitos —a los que vemos como nuestros hijos—, con las que cambia pañales y les da de comer, están lastimadas. También sus brazos y su espalda”.
Quieren estar bien para poder seguir con su labor. El apoyo de personas de la sociedad civil, a través de donaciones en dinero o en especie, resulta de gran ayuda, aunque sigue siendo insuficiente.
La joven pide que la gente rescate cuando a ellas no les sea posible. Sin embargo, esa cultura aún no existe; muchos no lo entienden y las atacan en redes sociales.
“Es más fácil que se conmuevan con los gatos jóvenes. Muchos de nuestros casos son de gatos ya grandes; nosotras no medimos el rescate por la edad, sino por la complejidad. No somos las únicas que lo hacemos, pero lo ideal sería que todos participáramos y contáramos con un respaldo importante del gobierno”.
Actualmente, en Amor Gatuno hay 11 felinos que no pueden caminar y requieren apoyo para alimentarse y realizar sus necesidades fisiológicas. Dos de ellos nacieron en esa condición y fueron abandonados; los otros nueve sufrieron maltrato.
Baja adopción y necesidad de apoyo
Otra de las problemáticas que enfrentan es la baja adopción. Sin embargo, la ciudadanía puede apoyar apadrinando cirugías de esterilización, con donaciones económicas para la atención médica de los gatos bajo su resguardo, aportando recursos en especie —como alimento, pañales y toallitas húmedas— e incluso compartiendo sus publicaciones en redes sociales.
La cuesta de enero también impacta en las donaciones y suele extenderse hasta dos meses, por lo que será hasta marzo cuando mejoren las aportaciones, refiere Daniela Yépez.
Añade que urge retomar la campaña de esterilizaciones, suspendida el año pasado por el incremento de rescates. Amor Gatuno suma cerca de 500 intervenciones en el sur de Tamaulipas y norte de Veracruz.
“Las colonias de gatos ferales se esterilizan y se regresan al mismo punto, para liberarlos del estrés de aparearse y controlar la natalidad. Los recursos no alcanzan; necesitamos apoyo de la sociedad y, sobre todo, del gobierno para trabajar en equipo”.
Lamenta que no haya consecuencias para los maltratadores y advierte que, mientras eso continúe, la necesidad de rescates persistirá. Exige frenar la violencia contra los animales. “No más gatos inválidos por disparos con balines, patas quebradas, quemaduras, mutilaciones o abandono por cáncer y otras enfermedades”.
Los médicos veterinarios suelen tener consideraciones con ellas, aunque no esperan que les regalen su trabajo, sino que las sigan apoyando con facilidades de pago. La necesidad nunca termina, su mente no descansa y la vida personal se complica, al punto de tener que ausentarse de reuniones familiares, una situación que sus seres queridos han terminado por comprender.
“Necesitamos tiempo para alimentar a los gatitos que cada una tenemos en resguardo, porque nuestras casas se convierten en refugios y procuramos mantenerlos en buenas condiciones. Te están esperando para cenar, tanto los de casa como los del contenedor, y siempre existe el miedo de que llegue alguien y les haga daño”.
Señala la necesidad de que el gobierno implemente campañas gratuitas de esterilización y advierte que, pese a contar con una clínica de salud animal en la ciudad, no se realizan cirugías por falta de recursos, además de que el personal de la Dirección de Protección Animal carece de empatía.
Hasta 25 mil pesos de su propia bolsa
Algunos rescatistas llegan a gastar hasta 25 mil pesos mensuales de su propio bolsillo para poder realizar su labor, sin el apoyo de la autoridad ni de la ciudadanía, afirma Daniel González Narváez, quien durante 23 años encabezó el Patronato Pro-Animal en el sur de Tamaulipas.
“No buscan reconocimiento ni agradecimientos; quieren un mundo mejor. Son personas con una sensibilidad que otros no tienen; llegan a gastar hasta 25 mil pesos mensuales de su propio dinero rescatando animales y, a cambio, se topan con la frialdad de la autoridad, hipocresía, mentira y soledad”.
El exactivista dice haber visto llorar de frustración a algunos de esos protectores, a quienes califica como héroes anónimos, pero también llorar de alegría cuando logran rescatar a un animal o dar en adopción a quien salió adelante tras haber sido encontrado en condiciones críticas.
“Un rescatista ama a los animales y entrega dinero, tiempo y esfuerzo, pero también sufre cansancio y frustración ante la falta de apoyo de la autoridad, que suele estigmatizar su labor”, añade.
Refiere que durante muchos años se normalizó el maltrato animal y se tachaba de locos a quienes los defendían; sin embargo, se sembró una semilla y, poco a poco, el rescate avanzó frente a la ignorancia y la falta de sensibilidad. Hoy hay más personas rescatando perros, gatos, mapaches y caballos.
Sostiene que ninguna autoridad estatal abonó al tema y que, si hoy existen direcciones municipales de protección animal, es por presión social y a regañadientes; aun así, no cumplen su función y se han burocratizado.
González Narváez apunta que, sin el apoyo de médicos veterinarios, la labor de los rescatistas se trunca, por lo que considera indispensable que estos profesionistas y los protectores sostengan mesas de trabajo con autoridades para definir acciones conjuntas.
Leyes contra maltrato animal no han servido de mucho
La penalización del maltrato animal tardó siete años en concretarse desde que la Asociación de Abogados Ambientalistas inició las gestiones, afirma su titular, Ricardo Cruz Haro.
En abril de 2016 se incorporaron cuatro artículos al Código Penal del Estado para castigarlo con cárcel; sin embargo, hasta ahora solo se conoce una sentencia condenatoria dictada en Matamoros, la cual incluso fue conmutada por trabajo social, expone.
El jurista considera el maltrato animal como una de las múltiples aristas que evidencian el rompimiento del tejido social y lo identifica como un síntoma de descomposición.
“En lugar de recibir apoyo, los protectores de animales enfrentan reticencias, obstáculos administrativos y legales, e incluso acoso si tienen, por ejemplo, 20 perros en una vivienda, cuando lo que debería ocurrir es que las autoridades los ayuden y busquen espacios en coordinación con escuelas veterinarias”.
Considera que la solución al maltrato animal pasa por reducir la sobrepoblación de perros y gatos callejeros mediante campañas de esterilización. Sin embargo, afirma que la Secretaría de Salud “aún da traspiés y avanza a ciegas en un camino que, al parecer, desconoce por completo”.
Cruz Haro estima que no basta con que la violencia contra los animales esté penalizada desde 2016; es necesario que la norma se aplique y vaya de la mano con la Ley de Protección Animal del Estado, creada en 2012, con sanciones administrativas.
Demanda mayor denuncia ciudadana y, al mismo tiempo, celeridad de la Fiscalía de Justicia, pues, mientras no haya sanciones de cárcel, el maltrato continuará.
“Tenemos seis carpetas de investigación en etapa indagatoria que no han podido resolverse por apatía, negligencia, ignorancia y falta de compromiso para llevar los casos a buen cauce”.
Sostiene que las direcciones de protección animal han servido de poco y que, en la mayoría de los municipios, ni siquiera se han activado. Se requiere un presupuesto etiquetado y comenzar por lo básico: la esterilización para reducir la sobrepoblación en las calles.
La Asociación de Abogados Ambientalistas ofrece apoyo legal a rescatistas tamaulipecos que enfrentan obstáculos para realizar su labor. Pueden contactarlos al teléfono 867 727 0901, al correo electrónico cruzaro2000@gmail.com o en Facebook como Voces Ambientalistas de México.
Cada animal vulnerable que sacan de la calle y al que brindan un espacio, un refugio y una mejor vida es su mejor recompensa.
JETL
