Los líderes de la izquierda hispano-latinoamericana reunidos en Barcelona agitan el espantajo de una derecha que no sería, en su visión deliberadamente tremendista de las cosas, una opción democrática sino una amenazante cofradía de conservadores radicales.
Invocan, en esa asamblea de progresistas oportuna y convenientemente certificados, los valores de una democracia que ellos mismos —salvo, tal vez, Lula da Silva— han dinamitado arteramente al arremeter contra la independencia de los jueces y, en el caso concreto de México, al concentrar el poder en el Ejecutivo, al implementar un aparato judicial a modo (simplemente, las resoluciones del tribunal constitucional de este país, la Suprema Corte de Justicia de la Nación, son tan inauditamente lesivas de los derechos consagrados en la Carta Suprema que queda exhibida, ahí, la condición subsidiaria de unos magistrados sometidos a los designios del oficialismo, por más que se pretexte que fueron ejemplarmente elegidos por el pueblo bueno), al desmantelar los organismos constitucionales autónomos y al utilizar de manera flagrante el aparato del Estado para inducir el voto.
Se necesitaría, más bien, otro foro donde se reunieran los mandatarios de las naciones indiscutiblemente democráticas para denunciar las oscuras prácticas del populismo de izquierda en nuestro subcontinente y el cinismo del señor Sánchez ante los actos de corrupción de su gente en el gobierno español, por no hablar de sus modos de autócrata en ciernes.
Y, sí, es cierto que varios de los recién llegados al poder en el escenario hispanoamericano no parecen ser los más idóneos paladines de los derechos humanos y que algunas de las disposiciones que han implementado son bastante inquietantes.
Pero la causa de la democracia no puede ser enarbolada al tiempo que se validan los desempeños de una Cristina Fernández de Kirchner o que se asocia tramposamente la soberanía del pueblo cubano a la supervivencia del mismísimo régimen totalitario que lo ha privado de sus libertades. A Cuba hay que defenderla, desde luego, a la dictadura castrista no.
En fin, la izquierda regional, en franca retirada gracias a la voluntad de los votantes, se atrinchera para que sigamos escuchando sus voces. En el bando contrario, Trump y sus invitados van a hablar también, y muy pronto.