Este es un adelanto de Antes de Otis, una crónica que edita Random House. Llega a librerías mexicanas este mes.
DOMINGA.– En 1986, yo era un veinteañero. Como miles de jóvenes en esa ciudad, era hijo del desempleo y de la baja escolaridad. Desertor de varios planteles públicos de bachillerato. Formaba parte de una banda de mi barrio con más o menos las mismas condiciones que yo. Sólo tres de nueve estudiaban carreras universitarias. Uno de ellos, el Chilaca, mi gran comparsa, cursaba el cuarto año de ingeniería química. Muy brillante, apuesto y jugador estrella de un equipo de futbol americano de liga mayor.
Éramos fanáticos del programa de radio Rock 101, el único que transmitía esa música continuamente las veinticuatro horas. A ciertas horas de la noche, tenía programas culturales en vivo relacionados con el rock en voz de locutores amenos y cultos sin ser pedantes. La estación representaba el pensamiento contemporáneo para miles de jóvenes del D. F. Fue protagonista del enésimo reacomodo social de la capital del país, resurgida entre el cascajo del terremoto de 1985.
En diciembre de ese año, el director y locutor de la estación anunció para el 26 de enero el Festival de la Amistad 86, en Acapulco. Prometía ser imperdible. Sería al aire libre, en la playa del club de golf Tres Vidas a partir de las siete de la mañana, con un cartel de lujo, amenidades y no especificaba en qué condiciones.
A duras penas, cada quien juntó sus devaluados miles de pesos que no servían para gran cosa. En cuanto salieron a la venta, compramos los boletos en la recepción de la radiodifusora al sur de la ciudad. Un par de semanas antes del evento, como era costumbre, fui de visita al domicilio del Chilaca, luego de su regreso de la facultad. Todos vivíamos en la misma unidad habitacional conocida como Infiernavit.
Nos encerramos en su cuarto para cotorrear sin las intromisiones de la mamá, la abuelita y las dos hermanas. Prendimos unos cigarros echados en el piso, y de pronto Chilaca hurgó en su morral de lona donde portaba útiles y ropa deportiva. Extrajo un frasquito medicinal color ámbar con tapa negra bien enroscada.
La abrió con algo de esfuerzo y la acercó a mi nariz, mientras con el dedo índice de su mano libre tapó una de las fosas.
—Aspira fuerte.
Lo hice y, de inmediato, sentí una ráfaga de euforia circulando por el cerebro y el cuerpo. El corazón me latía como un redoble de batería. Unos minutos después, me recuperé.
—¿Qué es esto? —pregunté confundido.
—Poppers. Una maravilla. Los hice en el laboratorio. Un profe adjunto me pasó la fórmula. Hice varias pruebas; en las dos primeras casi me desmayo al ir a vomitar al baño de la facultad.
Pasamos buena parte de la tarde inhalando. Subió el volumen de nuestras voces entre risas hilarantes. Salimos a buscar al resto de la banda. Se multiplicó por nueve la euforia. Siete se retiraron al paso de los días, previos al festival, temerosos del uso frecuente y los sangrados nasales que nos provocó a Chilaca y a mí.
Un mochilazo a Acapulco con provisiones y poppers
Llegamos a la terminal de autobuses de Taxqueña en jueves por la tarde. La idea era llegar por la noche a Acapulco, rentar un cuarto de hotel de paso para todos, dejar las mochilas y luego salir a dar una vuelta por la Costera.
No había boletos en ninguna línea. Casi agotados desde un día anterior. Los pocos disponibles se habían vendido durante la mañana y sólo quedaba esperar que hubiera corridas extras. Las salas repletas y los andenes de abordaje estaban atiborrados de “chavos de onda” mochileros. Apestaba a cerveza y mota.
Entraba otra multitud similar por los accesos a la terminal. A eso de la medianoche, luego de horas de espera echados en el andén, conseguimos subir en el último Flecha Roja que, como todos los anteriores, iba repleto. El chofer nos cobró, al momento de subir, el doble del costo del boleto.
Nos tocó viajar de pie en el pasillo toda la ruta, sobrios por falta de previsiones. El autobús, atiborrado, no traía baño. El chofer hizo varias paradas, forzado por los reclamos de pasajeros en estado y pinta terribles. Yo iba de pésimo humor, arrepentido.
En una escala bajé a mear con la mente obsesionada en el recuerdo de mi visita al laboratorio de la facultad, con Chilaca, por más poppers. Lo vi atento a su lado mientras preparaba la poción como un científico de película del Santo. En el amplio laboratorio sólo había un par de estudiantes en bata blanca en otra mesa de trabajo, lejos de nosotros. Las amplias ventanas, con puertas de ventilación en la parte de arriba, abarcaban, en ángulo, la mitad de altura de dos de los muros de ladrillo café. Me puse nervioso, como si fuera a sorprendernos El Enmascarado de Plata.
Chilaca abrió, con su llave, un estante metálico recargado en un muro sin ventanas, y extrajo, de uno en uno, dos frascos grandes para llevarlos a la mesa, equipada con lavabo y toma de agua, matraces y unos trapos sucios. La mesa tenía rayones viejos surcados en la superficie metálica y en una orilla de madera. Dos tipos de nitritos color amarillo. Ácido acetilsalicílico. Un poco de todo. Distribuyó cantidades similares en diferentes matraces redondos. Las mezcló dentro de una jarra de vidrio con medidas marcadas en rojo. Luego, distribuyó el líquido amarillento en unos tubos de ensayo; los agitaba y los regresaba en la jarrita como de medio litro. Nos hizo toser un poco, y me alejé frotándome los ojos.
Chilaca dejó reposar unos minutos el preparado antes de vaciarlo en una botella de vidrio oscuro de a litro y la cerró con una taparosca de plástico negra bien apretada.
En menos de una hora, salimos de ahí con combustible boticario para una alegría fugaz y contundente. Regresamos en metro. Pasamos a la farmacia París, en el centro, a comprar diez frasquitos pastilleros de vidrio ambarino. La mochila de Chilaca era la de un científico loco: a la Jerry Lewis.
Ya en su cuarto, Chilaca sacó del clóset su sleeping bag. Lo desenrolló en el piso. Repartió, a lo largo, nueve de los frasquitos; a cada vuelta que enrollaba su bolsa de dormir. Chilaca había sido boy scout en su infancia hasta que terminó el primer año de la secundaria pública donde nos conocimos. Guardó en su bolsa de viaje el cobertor, y el frasco restante lo aspiramos hasta terminarlo.
Una playa que parecía balneario del oriente defeño
Al llegar, en la madrugada, a la central de autobuses, cerca de Playa Tamarindos, recorrimos los alrededores buscando un hotelucho. En varios, nos mandaban de un lado para otro con el pretexto de que no tenían lugar. Encontramos un cuarto cerca de una avenida lejos del centro. Una ratonera con dos camas individuales, una silla, sin closet y el baño sin agua en el excusado. Lo rentamos por una noche a precio de Las Brisas. Ya no salimos a buscar diversión. Juntamos las camas para dormir todos como apandados. Terminé echado en el suelo con mi mochila de almohada.
Desmañanados, sin bañar y en ayunas, nos alistamos. Salimos a buscar transporte. Aún era de madrugada. Al regreso, teníamos pensado visitar al Acapulco, un amigo de nuestra edad que vivía en el barrio de Petaquillas, pero pasaba temporadas con sus tíos en Infiernavit huyendo de la policía. Era un consumado ratero y mariguano.
Los camiones públicos iban atiborrados. Traían rotulados, en un costado del parabrisas, cartulinas y letreros, a mano en pintura blanca: Festival. Caminamos hacia la costera un largo tramo y en una base de taxis regateamos el viaje en dos coches. Nos dejaron en un acotamiento de la carretera poco más adelante del aeropuerto. Nos detuvo un retén de policías. Faltaban unos tres kilómetros para llegar a la playa del exclusivo club de golf Tres Vidas. Seguimos a pie, entre una peregrinación al mismo lugar.
Topamos otros cuatro retenes cada vez más pesados. Nos ordenaron abrir las mochilas. Los granaderos las aventaban al pavimento como basura luego de decomisar lo que les gustaba. Separaban al azar a quienes veían sospechosos para interrogarlos antes de dejarlos ir bajo amenazas e insultos. De milagro, nunca esculcaron el eslipin de Chilaca. No pedían mostrar el boleto.
Al fin, llegamos. Nos recogieron las entradas y cruzamos una larga brecha antes de la playa ya invadida por los asistentes. Estaba prohibido meterse al mar abierto, esplendoroso y tranquilo. Animados, nos ubicamos en un buen lugar bajo un mirador de salvavidas, abandonado, entre el escenario y los puestos de bebida y alimentos. Pasaban vendedores con charolas ofreciendo jarritos con refresco de toronja y tequila. Tres mil pesos. Lo doble de lo que costaba en cualquier piquera de la capital. Compramos nuestras bebidas y brindamos por nuestra expedición más arriesgada fuera del D.F. A eso del mediodía, se agotaron los cocteles. Fuimos a los puestos por cervezas.
Era como un balneario del oriente defeño. Pese a la prohibición de los organizadores, buena parte de la multitud retozaba en el mar, o tomaba el sol, remojada y empanizada con arena. Vestida con sus garras rockeras, la mayoría.
Nos tocó presenciar un ritual azteca y a voladores de Papantla a un lado del escenario. Lamentable. Comenzó el maratón rockero con una bienvenida por micrófono del pesado imitador y comediante Flavio como maestro de ceremonias. El rockero mexicano aguanta cualquier afrenta. Ahí vino Flavio con su pinta de burócrata, reventado, agradeciendo nuestro apoyo al Festival de la Amistad para reunir fondos destinados a los damnificados del terremoto el año pasado en el D.F.
Era pésimo el audio. Como siempre, El Tri se echó a la bolsa a la banda. Entre una rola y otra, repartió mentadas de madre a la policía y a la pésima organización. Así mantuvo en paz a la multitud sobajada.
Un inesperado negocio de “jalones”
Comenzamos a meternos poppers al pie del mirador de madera corroída por la sal. Nos convertimos en unos Koblenz. Colgamos toallas del lado en que pegaba el sol y nos sentamos en la arena caliente. Poco después, ya de pie, loqueamos al ritmo de la música sin hacer caso a lo que ocurría alrededor.
Cerca de nosotros, una caravana de motociclistas con banderas de Canadá y Estados Unidos montaron su bien equipado campamento dentro de un círculo amplio, formado con sus imponentes Harleys, para aislarse de la enorme horda prieta que los rodeaba, orgullosa de su atuendo estilo apache y azteca, catequizada por el rock. El choque cultural respetaba sus distancias.
Ya sin precauciones, seguimos metiéndonos la pócima nasal. Al poco rato, un émulo de El salvaje, que se dirigía a los puestos de bebidas, nos vio y desvió su camino para ir hacia nosotros. Me pidió, amistoso, una probada. Apestaba a sudor de toda la ruta desde algún pueblo de Wisconsin. Tenía ojos de pez japonés. Le acerqué el frasquito a su nariz roja, adornada debajo con un mostacho. Le dio un jalón de conquistador en cada fosa. AAAAAAAAH. Grazias, amigou. Me dio una palmada en el hombro y se despidió con una sonrisa plena.
No tardó en regresar. ¿Tienez un poco maz? Te comprro. Nos recorrió con la vista un tanto desconfiado. Alcé las cejas para consultar a los demás. Las respuestas fueron gestos de rechazo al Hell Angel. Pero Chilaca me pidió el frasquito oculto en la bolsa de mi bermuda de traje de baño. Se lo di de mala gana. Tenía poco menos de la mitad.
—El jalón a quinientos mil varos.
Eran tiempos de los nuevos pesos.
—¿El jalán?
—Sí. —con la mano izquierda abierta hizo la seña de “cinco” y se lo llevó a la nariz para apretar la fosa del mismo lado, y luego abrió el frasquito para darle otro jalón a la pócima.
—Oh, ya. No, todo el ummm…
El salvaje drogo señaló el frasco.
—Chale.
—Es mucho.
—Si quieres. ¿Duyu guant?
El gringo sacó de la bolsa trasera de su Levi's, tan viejo como él, su cartera de cuero gorda de billetes e identificaciones plastificadas. Pagó y se fue de prisa a su campamento.
Más gente se dio cuenta y poco a poco comenzamos a vender jalones en mil pesos. Habíamos iniciado un tratado internacional de comercio tripartita entre viciosos. La demanda nos agobió y a ratos quedamos rodeados de pandrosos. En dos horas, ya no teníamos poppers ni para nosotros. Al momento, gastamos las ganancias en chelas hasta que se agotaron en los puestos de venta. Ya pedos y moqueando, nos dispersamos. El ruidero y el tumulto me valió madres. El mar hermoso estaba invadido de sargazo humano. En la playa no cabía un danzante más con ese estilo prehispánico y callejero adaptado al rock pesado mexicano; el Gran Reventón Macizo era amenazado por el acoso y los abusos de la policía. A esa playa nomás le faltaba una Estatua de la Libertad enterrada de cabeza.
Una secta de jipitecas
A la orilla del mar, encontré un grupo de unos diez hombres y mujeres treintañeros de tipo criollo y cabelleras largas. Vestían túnicas blancas casi transparentes sin ropa debajo, diademas de flores de plástico y pinta de burgueses. Ahí había más dinero que entre la bola de macuarros acomplejados que se acercó a observarlos con curiosidad, sonriéndoles. El agua apenas cubría los tobillos de los jipis.
El líder, algo mayor que los demás, era el único con el torso desnudo y usaba un pareo para cubrir sus partes bajas. Traía tatuado en el omóplato derecho un símbolo del yin yang. Dirigía a sus discípulos con movimientos circulares de las manos para que danzaran a su ritmo con la cabeza y los brazos, invocando, con los ojos cerrados, a una deidad en el cielo, ajenos al tumulto y la estridencia de la música en el escenario.
Me recordó al Astroide, otro burgués cuarentón que conocí por una amiga tijuanense. En alguna ocasión le habíamos pedido lana como suscriptor de un tabloide nuestro. Vivía en San Ángel, en una cabañita al fondo de la casa de sus padres, académicos de la UNAM y jipitecas. Se decía experto en cartas astrales y quiromancia, mariguano pesado y fan de Aleister Crowley. La cabañita oscura apestaba a humores acedos e incienso; en un buró de madera estilo colonial estaba la biografía de “el hombre más malo del mundo”, rodeada de ceniceros repletos de bachas. El Astroide, excepto que mantenía encerrado en el clóset su mariconería, era todo lo contrario a su gurú, también conocido como “el padre del satanismo moderno”: fresa, tacaño e hipocondríaco.
De un momento a otro había Astroides por todos lados, ávidos de rozarse con la prole. Empezaron a dejarse ver en eventos masivos con su apariencia de buena onda. Se habían convertido en la conciencia progre del D. F. Bola de ojetes, eran convenencieros y estaban listos para aprovecharse de nosotros con lo que llamaban “apropiación cultural”. El grupo de mirones seguía entretenido con la secta, como un espectáculo extra del festival. Alguien me roló una bacha. Me engarrotó la mezcla de lo que me había metido antes. Comenzaron a zumbarme los oídos. Me ardía la nariz. Estaba exhausto. Se me bajó la presión. Me recosté sobre la arena. Me estaba dando la pálida cuando me sacudieron unos gritos delante de mí:
—¡Estamos en la nueva era del Amor Cósmico! ¡Seamos uno solo para unirnos con el Universo! —convocaba el Jim Jones ronco del Festival de la Amistad Acapulco 86. Se oyeron risillas y aplausos desganados entre sus seguidores proles.
Una pareja de concheros rockeros se unió al ritual; ignorada por los oficiantes comenzó a bailar al ritmo del rock que escupían los amplificadores lejos de ahí.
De pronto, se soltó una estampida breve; ocurría a cada rato por cualquier motivo. Me obligó a correr. La secta mantuvo la calma y permaneció quieta dentro del mar. Yo tomé por el lado contrario del escenario. Por varios flancos, los polis amenazaban con sus macanas al personal. Pateaban lo que salía a su paso sobre la arena. Si se les cambiara el uniforme por el atuendo de los agredidos, serían el mismo tipo de persona. Me desorienté y no encontraba nuestro campamento.
Caminé aturdido entre el gentío y las incomodidades, por no decir temor a recibir una madriza, la desorganización y los abusos de la policía y los comerciantes. Requisitos obligatorios para el público fervoroso de las tocadas de rock. Éramos una presa fácil, ingenua y manipulable, por más que nos pintaran como “rebeldes” y peligrosos. Así tenía que ser para que les diéramos credibilidad a nuestros ‘underground’ y “contracultura” prehistóricos, que bien a bien ni nos importaban. Años después, en Nueva York, y luego en París, confirmé que sólo en México nos trataban como delincuentes orgullosos de ser parte del lumpemproletariado.
Entre la bola, creí ver, a lo lejos, a Chilaca asediando a una chava. Seguro lograría su objetivo, tenía atractivo y desfachatez. Perdí al resto de mis amigos. Ni en las interminables colas para usar los retretes los encontré. No se separaban y probablemente preferían tomar distancia de Chilaca y de mí. Nos unía la conveniencia y dábamos bandazos. Decía Alfred Hitchcock que nunca le diéramos la espalda a un amigo. Tenía razón.
Al fin encontré el punto de reunión. El festival seguía como un huracán de insolación colectiva y sudores. El ambiente contenía una calma chicha. Se había suspendido la venta de alcohol y comida. Los puestos estaban vacíos.
La hermana menor del legendario Michael Jackson
Le tocó su turno a una banda gringa de heavy metal tipo glam, poco conocida a no ser porque días antes la estación de radio puso sus rolas para promoverla como superestrella. Muy buena, y aguantó las interrupciones de Flavio, que durante toda la jornada pedía orden. Llamó al escenario como madrina a una joven vedette de películas de ficheras. Entregó ramos de flores a los güeros y se quedó en el escenario ignorada por todos.
Llegaron mis amigos, bien asoleados con vasos a medias de tequila con agua de piña y comiendo restos de torta. Le habían comprado a un vendedor ilegal. Compartieron conmigo un poco de lo que traían, en lo que poníamos atención en el escenario. Chilaca seguía perdido.
Salió, de la nada, de la playa oscura. Venía agitado, pálido y con los labios resecos. Traía los brazos cruzados para ocultar la playera hecha tirones, no decía nada, su mueca era la de encontrar la fórmula secreta de otra droga. ¿Qué te pasó, wey? Nada, nada, nomás di el rol. Así se comportaba cuando se ponía hasta el rabo. Era mejor no moverle. Podía estallar en uno de sus desplantes agresivos que nos metían en madrizas con extraños.
En punto de la medianoche, apareció en el escenario la hermana menor del legendario Michael Jackson. Comenzó bajo chiflidos su único éxito que sonaba pegajoso en la radio: “If You Feel the Funk”. Discofunky aguado. Con eso prolongó su show unos minutos hasta que suspendieron la música. Parecía una niña pequeña desmelenada y en mallas. Alcanzó a dar las gracias como despedida antes de que apagaran las luces en el escenario. Abucheos, mentadas y proyectiles dirigidos por la multitud. Los granaderos entraron en acción. Flavio pedía calma desde el micrófono y prometió que el festival continuaría más tarde.
Pasó el tiempo y nada. A punta de macanazos y detenciones, la policía controló los brotes de sublevación. Comenzó una desbandada general que se tragó la oscuridad. Nosotros preferimos pasar la noche en la playa entre cientos de aferrados. La policía prohibió las fogatas, levantar casas de campaña y nos ordenó quedarnos quietos, acostados sobre la arena.
Poco antes del amanecer, la policía montada nos levantó a punta de macana para corrernos de la playa. De camino a la carretera, los granaderos robaban a la gente. Otra vez, nos tocó buena suerte y no perdimos nada. Caminamos por la carretera de regreso a Acapulco. A la entrada de la zona hotelera faltaba poco para el mediodía. Bajo el sol candente tomamos un camión de transporte que nos dejó a unas calles del hotelucho. Cagamos ahí y cada quien iba por dos o tres cubetas de agua en una toma a un lado de la recepción. Sin bañarnos, registramos la salida rumbo a la terminal de autobuses. Extrañamente, había corridas continúas, suficientes y con asientos disponibles. Era como si nadie quisiera regresar al ruinoso D.F. Conseguimos de inmediato boletos en un Flecha Roja, la línea más barata y con fama de peligrosa. Dormimos todo el trayecto, a vuelta de rueda, incluso en el metro y en el trolebús que nos acercó a nuestros domicilios.
Pasé días sin ganas de ver a nadie de ellos y menos a Chilaca. Volvimos a ser una banda unida antes de empezar el Mundial de futbol.
GSC / MMM